De esas cenizas, fénix nuevo espera;

Mas con tus labios quedn vergonzosos
(que no compiten flores a rubíes)
y pálidos, después, de temerosos.

Y cuando con relámpagos te ríes,
de púrpura, cobardes, si ambiciosos,
marchitan sus blasones carmesíes.


Francisco de Quevedo


lunes, 19 de febrero de 2018

Fragmento de muestra - Los Muros de la Academia, capítulo 2


"Los Muros de la Academia", novela de corte fantástico y Steampunk, está disponible en Amazon. Dejo aquí dos fragmentos, uno del primero y otro del segundo capítulo, para que se den una idea de qué trata y cómo se desarrolla el mundo.


2. La Caída del Arcturus


Ceres 24, Ciclo 1887
Cerca de los mares del sur de Eisgrind

La detonación meció el Steelkilt. El dirigible de al lado no tardó en incendiarse, y aunque no lo hubiera hecho, la velocidad a la que se movía no le hubiera bastado para salir del alcance de la nave pirata. Los observadores de a bordo decían que el humo que desprendía desde hacía unas horas venía directamente de los motores de su presa y que quizá era eso lo que los había alentado tanto. Sea como fuere, los primeros cañonazos fueron certeros y sólo quedaba rematarlos. Ordenó que dispararan otra andanada de proyectiles. Alguno de ellos debió impactar las calderas; al menos, eso sugería la explosión que provino de dentro de su objetivo. Los gritos de victoria llenaron la nave y con justa razón. Además, las mejoras que el ingeniero enano Thorkild implementó en los sistema de combustión de a bordo ahorraban mucho en carbón, y agua tenían de sobra. Vestri solía quedarse mirando las imponentes máquinas de vapor por horas, y decía que el ritmo de los pistones lo arrullaba. Con todo, tenía ya casi un mes que no aterrizaban y los recursos de a bordo empezaban a escasear. Aunque fue un espectáculo bien merecido para su gente, la verdad es que las explosiones no tenían tan entusiasmado a Samir i-Sabbah.

El Arcturus, se decía, era un transporte de provisiones que se dirigía hacia Bael-Ungor, y saber que mucha de su carga se había incendiado los dejaba con pocas ganancias. Además, antes de salir de Iunu-Ra, Thorkild y Vestri escucharon a algunos gnomos hablando sobre el verdadero contenido del dirigible que acababan de derribar. Decían que no sólo no transportaban comida y telas para los enanos, sino que había algunos laboratorios perdidos en las montañas que podían llegar a pagar hasta cuarenta mil monedas de oro por las partes y sustancias correctas. Ahora que los humanos habían empezado a producir sus propias máquinas en Toledo y en Tenochtitlán, la competencia por el aceite de semilla de Kemet y la grasa de las ballenas se había vuelto férrea. A Samir y los suyos les pagaban bien por conseguirlas más barato y a sus compradores les interesaban más bien poco los métodos a los que recurrieran. Si el cargamento, fuera cual fuese, se había dañado, todo el tiempo que pasaron persiguiendo al transporte aéreo había sido en vano.
            — ¡Tayé, gira a la derecha!
            — ¿Perseguimos el fuego del irin eye ni, Samir? ¿Vamos al iná nla a desollar a los muertos?— El troll sonrió. Era un guerrero fuerte, traído desde las playas de la mismísima ciudad de Alzagoth, más allá de las costas de Utgard. Había servido a bordo del Steelkilt desde hacía ya mucho tiempo y era un buen piloto de dirigibles. Fue esclavo durante casi veinte ciclos en una de las minas de los orcos, hasta que Samir logró comprar su libertad. Tuvieron algunos roces, y hasta que no lo derrotó en combate abierto, no parecía querer cooperar con el ahk. Después de eso se volvieron como hermanos. Además, no habría habido nadie más a bordo que pudiera dominar el timón de la nave sin ayuda. Habían acondicionado la estancia del timonero para que pudiera navegar de día y de noche. Los trolls se petrificaban con el sol desde que se tenía memoria. En Thule buscaban una cura para esta aflicción, pero no habían encontrado sino formas de evitarlo. Hasta las sombras más pequeñas parecían protegerlos, y Samir tenía en muy alta estima la vida de su amigo.
            — Sí, vamos a desplumarlos. Te encargo el Steelkilt. Todos en sus puestos. Tayé, mantén la nave lista. Nos iremos tan rápido como podamos.
            —Aquí te esperamos, arakunrin. — El troll comandó el dirigible hacia donde se le había indicado. El cielo se oscureció en apenas unos minutos y las llamas los condujeron a los restos del Arcturus. El fuego lamía la carcasa y arrastraba el olor de cientos de cadáveres quemados. Grandes partes del esqueleto caían al suelo enredadas en las lenguas ardientes. Aterrizaron algunos minutos después. Aunque la planicie estaba iluminada por las llamas del dirigible, Samir le ordenó a Thorkild que los guiara con los reflectores de a bordo. Todos llevaban sus armas cargadas, aunque Samir prefería llevar una espada ropera además de su revólver.
            — Sin supervivientes.
           
El enano avanzó delante del. Llevaba un revólver Peacemaker del que nunca se separaba y Jocelyn Joesmith, una medio elfa nacida en Hiva, iba detrás de Samir: ellos tres formaban el grupo de exploración. Las aspas que impulsaban el dirigible se fueron parando poco a poco, hasta que la noche se quedó a solas con el sonido de las llamas y del metal torcido. Los reflectores del aerostato guiaron los pasos a través del terreno. La luz pasaba sobre Samir y su grupo una y otra vez, obligándolos a caminar entre intermitencias de oscuridad. Poco a poco, la luz dejó de ser blanca para volverse ámbar; después empezaron a encontrar los cuerpos de los tripulantes deformados por los estallidos. Vestri se había adelantado ya bastante cuando escucharon un disparo.
            — Un gnomo, Samir. Se estaba arrastrando hacia una radio.
            — Dudo que haya sido el único. ¿Te dijo algo?
            — No. Pero tuvo tiempo de considerar sus respuestas. Y tenía un cuello bonito, como que pedía que le disparara. Ya sabes cómo son estos imbéciles.
            — Samir. — La voz de Joss resonó entre las vigas de acero, rebotando hasta llegar a ellos. Venía de unos cincuenta metros a la derecha de ellos. — Aquí estaba el timonel. Estamos en la cabina de mando.
            — Habrá que ir hacia el otro lado entonces.
            — Me habría gustado ver a estos malnacidos quemándose. — Los ojos de Vestri refulgían siempre que hablaba de guerras y venganzas. El capitán conocía poco de su pasado. Lo había reclutado tras la derrota del capitán Lynch cincuenta ciclos atrás y ya era así. En los puertos de Kizad, Dhabi y Mares Anthal lo buscaban por homicidio a sangre fría, y debía fuertes cantidades de dinero en Gal’Naar, Skølsgarde y Madrid. — Me dan asco los gnomos.
            — Pues disfrútalo. — El enano sonrió. Era raro que el capitán le dejara hacer y deshacer a su gusto. Puso la bala que faltaba en la cámara de su revólver y fue disparándole a los cuerpos que iban encontrando a su paso. Samir se limitó a caminar y a recoger los objetos de valor que hallaba a su paso.

Una de las razones por las que había conservado a Vestri en su tripulación era que se atrevía a hacer cosas que él no habría hecho jamás. Jocelyn era de otra madera. Era poco conflictiva y más de una vez había tenido conflicto con los métodos de Vestri. Fue criada en la Academia, en Finisterra, aunque pocos ciclos después de volverse uno de los Hermanos Mayores, Baltasar al-Sarrás, había publicado un texto que revolvió las entrañas del mundo. Regresó a bordo convertida en una mujer hermosa y su tío Tayé no podrí haber sido más feliz a su regreso. Había dicho que algún día se vengaría del toledano, pero si lo que decía en su prólogo era cierto, bien se le podía dar por muerto. Tenía muchas herramientas en el arte de la persuasión y su intelecto no podía subestimarse. Además, los pocos documentos que conservó de la Academia abrían puertas donde antes no había más que polvo. Vestri se les unió poco después.

Avanzaron algunos metros más. Samir y Jocelyn iban revisando los escombros y recogiendo objetos que pudieran servirles en el dirigible. Samir iba maldiciendo las explosiones cuando se volteó a mirar a Joss y vio por qué había quedado en silencio. Un colosal anillo de fuego, que debió haber sido la parte central del Arcturus, se levantaba ante ellos. Samir dedujo que sólo pudo enterrarse así de caer en picada. Los jirones de lo que fue el globo seguían consumiéndose. Los gnomos de Thule habían desarrollado durante ciclos telas resistentes al fuego, aunque en la práctica sólo los aerostatos del calibre del Arcturus la llevaban. El recubrimiento era muy caro y Atenas tenía la patente. Una parte del círculo cedió y se derrumbó, iluminando todo a su alrededor. Ante ellos había una enorme estructura negra. Y también una figura diminuta se acercaba cojeando hacia ellos. Vestri montó una mira en su revólver. Apuntó y esperó uno, tres, veinte segundos.
            — Otro hijo de puta. Más te hubiera… —No terminó la frase. El revólver estalló. Vieron caer al gnomo pero no escucharon una palabra más de Vestri. El arma temblaba en su mano. — Samir. Era mismo. Era mismo cabrón al que le volé los sesos ahí atrás.
            — Puede haber sido un efecto de las luces. Les juegan pasadas horribles a las mentes débiles.
            — Cree lo que quieras, niña.
            — Aunque así fuera, Vestri, —dijo Samir, intentando evitar el conflicto— nuestra prioridad es ver si quedó algo para vender. Ve a ver el cadáver. Cerciórate de que no es el mismo y alcánzanos.

Los Muros de la Academia - Capítulo 1

Bueno, comparto en el blog dos noticias.

La primera, hice un video (con sus errores y problemas) del cuento "Rito de Paso". Debo advertir que la calidad del audio (y mi lectura, también es cierto) es algo mala, pero irá mejorando con el tiempo.

La segunda es que terminé ya la novela "Los Muros de la Academia", de corte fantástico y Steampunk. Dejo aquí dos fragmentos, uno del primero y otro del segundo capítulo.



1. La Magia de los Arcanos


Saturno 30, Ciclo 1782
A las afueras de Toledo

            — Ven, Baltasar. — Aliya lo jaló del brazo. — Vamos a ver a la vieja Laila. Hace días que quiero que me lea las cartas. — Se movía con la gracia de un ciervo. La conoció hace casi diez ciclos, y la magia de sus ojos grandes aún lo tenía encantado. Le era difícil resistirse a sus caprichos y las ferias científicas de la Academia solían atraer a gente de muchas y muy diversas regiones. Varios de los beduinos de los alrededores se habían congregado alrededor de Toledo.  — Vamos, mi amor. Sé que no crees en eso — dijo, mientras volteaba a verle con sus ojos de venado — pero seguro encuentras algo qué hacer. Escúchala. Aunque no creas en sus métodos, algo deben saber del mundo y del desierto. No habrían sobrevivido a tanto si no.

            No pudo decir que no. Veía su cabello negro agarrado en una sola coleta resplandeciendo bajo el sol de la ciudad. Se había enamorado de su piel morena en cuanto la vio, y podría jurar por Kósmon que cada ciclo le parecía más hermosa. Se resignó a acompañar a Aliya con la tal Laila. De cualquier modo, los beduinos solían cargar cosas interesantes, y mientras ella visitaba a la vieja adivina, pensó, él podría buscar en las antigüedades. Los vagabundos eran famosos en todo Muspel porque, nadie lo decía abiertamente, eran capaces de conseguir cualquier cosa. Los Relicarios habían prohibido que se hablara sobre ellos, pero sus capacidades para robar e infiltrarse a donde fuera eran legendarias. Más de una vez, Aliya había pedido que le llevaran plantas exóticas desde Thule o de Utgard, y algunos enanos de Skølsgarde y Gal’Naar traficaban descaradamente con ellos. Mucho del acero de la industria ferrocarrilera de Toledo, Granada y Madrid provenía de las minas de los enanos importado por los beduinos. Además, eran los únicos que se aventuraban a mar abierto y tenían rutas seguras en todo el mar Altair. Eran capaces de negociar con los orcos de Mares Dágon y Mares Anthal y tenían tratos secretos con los elfos. Eran, según decían muchos, un mal necesario. Había quienes aseguraban que era por ellos que Toledo había abierto su comercio y había pasado de ser un pueblo periférico y olvidado por la capital, Madrid, y se había transformado en una metrópolis capaz de competir con cualquiera de las otras provincias del enorme desierto del Sharran. Aliya frecuentaba a los vagabundos y conocía a dos o tres proveedores de drogas e instrumentos para los médicos toledanos. Baltasar no se dio cuenta a qué hora se alejaron tanto del centro. Del bullicio general de la feria de ciencia pasaron al griterío del mercado El Camello de Oro, un nombre que, según decían algunos, provenía de una vieja hermandad de la Primera Era. En la Academia, casi todo lo de ese periodo se descartaba por considerarse una época fantástica, con poco o nulo valor histórico, aunque Baltasar creía que había algo más; en casi siete ciclos de buscar y rebuscar en los textos comunes de la Sala Común, empero, jamás había hallado una pista al respecto. Llegaron por fin a la carpa que usaba Laila. Aliya entró primero. Él tenía miedo de que alguno de sus compañeros de la Academia los reconociera. Que los vieran en esa zona no le preocupaba mucho, pues todos habían comerciado con los beduinos tarde o temprano, sino, más bien, temía que alguien extendiera el rumor de que el catedrático y Hermano de la Academia, Baltasar al-Sarrás, había entrado a que le leyeran la suerte. Aliya se volteó molesta, lo miró unos segundos y, por fin, entró.

            Lo primero que notó al llegar fue el incienso y el sonido de unas campanitas que colocó la adivina para anunciarle que alguien había entrado. Menuda adivina, pensó, que necesita que le digan que vino alguien. El sol dorado de Toledo, que pintaba el exterior de un leve tono amarillento, se disolvía dentro de la oscuridad. Una cortina morada daba paso a un cuarto chico, sin otra salida que por donde habían entrado. Tardó unos instantes en adaptarse al lugar. Laila tenía prendidas varias varitas de incienso con olor a naranja y azahar a los lados. Una esfera de cristal yacía sobre una mesa de madera, un poco más adelante de donde estaban ellos. Baltasar asumió que la tardanza de la mujer se debía a su edad. Se escucharon otras campanas, procedentes de una puerta que no había visto y que debían conducir a una recámara personal. Una mano blanca corrió la cortina. La luz de las velas que había detrás les impidió observarla claramente, pero se percataron de que no era el cuerpo de una anciana el que salió del cuarto, cerrando la cortina tras de sí. Era una mujer joven. Mucho más joven que ellos. Asumió que sería una de las hijas o nietas de la adivina, pero se presentó como Laila. Era blanca, delgada y pelirroja. Tenía un velo azul, muy delgado, sobre los ojos, y sus orejas estaban cubiertas de diminutas cadenas y un par de aretes un poco más grandes, que era donde se conectaban todos los eslabones.
            — Bienvenidos. ¿En qué puedo ayudarlos?
            — ¿No sabes?
            — Oh, ya veo. Un Académico. Aunque es raro. Tu mujer también lo es. Bueno, tal vez a ti tenga que verte después. Viniste por ella. Y a ti mi amor, ¿en qué puedo serte útil? ¿Por qué me miras así?
            —Es que, bueno, esperaba a una anciana. Todo el mundo te llama la vieja Laila. Y además eres bonita. Muchos de los beduinos de los que nos hemos topado no hablan muy bien de ti y pensé que serías una bruja fea. —Se calló de inmediato. Baltasar notó cómo se sonrojaba su esposa. — Me llamo Aliya.
            — Encantada, Aliya. La gente me teme e inventa historias sobre mí. Me llaman puta, lengua larga, mujer sin moral. Yo les digo que sí, y que deberían quererse un poquito más, venir conmigo más seguido. Que si lo hacen rico, a lo mejor ni les cobro. Muchos salen despavoridos. Pero basta. ¿Qué necesitas, pequeña? — Baltasar le dio un pequeño apretón en la mano a Aliya, insinuándole que la adivina lo había fastidiado. Lo molestaba su aire de saberlo todo. La mujer no debía haber tomado un libro en su vida y se sentía con el derecho de insultarlos a él y a la Academia. Aliya volteó, asintió y le susurró que se verían después. — ¿Qué le pasa a tu hombre? Bueno, ya volverá. Sé que hay algo... — Eso fue lo último que escuchó. No podía sacar de ahí a Aliya, y aunque sin duda era muy arrogante, Baltasar sabía que sería innecesario buscarse un pleito con la mujer.