De esas cenizas, fénix nuevo espera;

Mas con tus labios quedn vergonzosos
(que no compiten flores a rubíes)
y pálidos, después, de temerosos.

Y cuando con relámpagos te ríes,
de púrpura, cobardes, si ambiciosos,
marchitan sus blasones carmesíes.


Francisco de Quevedo


domingo, 14 de mayo de 2017

Tales of the First Era available on 3 websites!

Today I recieved confirmation from Barnes and Noble: the Tales of the First Era are now available on their store!

You can also find them on Lulu.com, and, of course, on Amazon.com.

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sábado, 15 de abril de 2017

Rito de Paso - Cuento de la Primera Era

Ciclo 32, Llanuras al Norte de Utgard

Faltaban 3 horas para que la sombra del palo de agua marcara el mediodía, hora a la que los shamanes anunciarían oficialmente la llegada de la Estación del Viento. El joven Alzamag, un orco que se había destacado por encima de sus compañeros, y su hermano gemelo Xaaz’al-Ungul, eran los hijos favoritos del clan Soth-Makar. El shamán Mag’Ushar guiaba a su gente a través de enormes extensiones de pasto y cuidaba a los orcos más jóvenes hasta que tenían edad de portar arcos y empuñar hachas de caza. Muchos lo querían como un padre, en especial Alzamag y su hermano, a quienes enseñó la lectura de huesos y entrañas desde muy chicos, como habría hecho su verdadero padre, Alzaz-Ungul. Su madre se llamaba Agora Mul’Kar y sus nombres estaban grabados en el gran tronco de la memoria, que se llenaba poco a poco con los nombres de los que habían abandonado el mundo físico para cuidarlos y guiarlos desde el reino de los muertos. Mag’Ushar los educó como a hijos propios y les prometió que el día de su rito les contaría la historia de sus padres. El duelo de los niños fue breve, y pronto aceptaron a Ushar como abuelo. Xaaz’al-Ungul siempre fue más atrevido, más dispuesto a hacer las cosas. Alzamag era un poco más reservado, más prudente, y ejercía un efecto calmante en su hermano. Hacía tiempo que el anciano se había dado cuenta de eso,  pero tendría que separarlos si querían aprender a sobrevivir en las planicies de Utgard. Tenían que aprender solos. Por eso había adelantado su prueba casi 6 ciclos. Cada uno de ellos prometía grandes cosas, pero no sabían estar solos. Allá, lejos de la tribu, estarían solos, perdidos en la infinita extensión de Utgard.

            Cuando los adoptó, sabía que esos pequeños cambiarían la historia de su gente. Sentía la astucia de Alzamag y el poder de su hermano combinarse para resolver cualquier dificultad que tuvieran enfrente. A los 12 ciclos de edad, ambos manejaban ya los arcos y sabían tejer cuerdas con los nervios de los animales que cazaban. Pronto aprendieron a seguir también las huellas de los animales a través de los pastizales y lograron rastrearlos hasta los arroyos claros y limpios donde se alimentaban. Fueron respetados por su habilidad y prudencia. Nadie dudaba que serían aceptados como hijos naturales de Mag’Ushar, lo que les permitiría a los dos ascender hasta el grado de shamanes algún día.

Pero la tribu de los Soth-Makar era grande y había orcos que no sólo habían superado a los hijos de Agora Mul’Kar, sino que tenían la edad estipulada por los shamanes hacía tantos y tantos ciclos, mucho antes de que la gran horda cruzara los montes helados de Eisgrind. Alzamag y su hermano seguían siendo unos niños. No tenían todavía el carácter para volverse cazadores y menos aún shamanes, por mucho que intentaran convencerlo de lo contrario. No a Gokk Mor’kas. No a él, que había aprendido a curar muelas picadas, aplicar sanguijuelas y leer la suerte en el polvo de las calles casi un ciclo antes que el mismísimo Mag’Ushar. Alzamag y Xaaz’al eran unos imbéciles mimados por haber perdido a sus padres. Todo se los había ganado la lástima de la tribu. No era fruto de su esfuerzo. No les permitiría que arruinaran todo cuando su triunfo estaba tan, tan cerca.

Sólo debían esperar dos horas más. Xaaz’al-Ungul le había preguntado esa mañana si recordaba a mamá. Que si se acordaba de cómo los acosaba y se quedaba con ellos hasta que se dormían, o que si recordaba cómo ella y papá hablaban siempre de las nieves de Eisgrind. “Siempre hablaron de los gigantes, Alzamag. Algún día los conoceremos.” Estaba tan nervioso que no pudo dormir, y en los ratos en los que lo vencía el sueño soñaba siempre lo mismo: unas nubes negras; una playa sin limite azotada por relámpagos ahí donde ponía los ojos y un ojo sin cuerpo ni rostro, dislocado de la cordura de cualquier ser viviente. Por la mañana le platicó al abuelo su sueño, porque el abuelo era bueno para descifrar los mensajes de Yog-Sothoth en la mente de los orcos, pero no le dijo nada. Por segunda vez en su vida, le respondía con silencio.

— Eso es injusto joven Gokk. Todos sabemos que tú eres el mejor éshar de la tribu.
— Y Alzamag es mejor que yo planeando cosas. Es injusto también para mí. Además, tú sabes que Xaaz’al y él no van a separarse nunca. Todos los demás estamos en desventaja contra ellos dos. Casi me siento igual de tullido que mi padre.
— Hijo de Ulth Mor’kas, le debes más respeto que ese, y por los niños no deberías preocuparte. Tú sabes que la tradición dice que cada quien se vale por sí mismo en su rito.
— Y también dice que nadie menor de 18 ciclos participa en él. Sólo los ayudas porque sus Agora y su esposo sólo fueron buenos para morirse.
— Tienes una lengua larga, joven Gokk. Si en algo me estimas todavía, vete y prepárate para tu rito.
— Sí, abuelo.

            Vengan, pequeños. Acérquense. Ha llegado la hora de contarles qué pasó con sus padres.
— No vayas a llorar, Alzamag.
— Cállate, mierda de wargo.
— Alzamag, salte. No voy a tolerar ese lenguaje aquí. ¿Esperaste tantos ciclos para esto? Tu padre estaría decepcionado.
— Pues no se hubiera muerto. — Alzamag salió de la tienda de Mag’Ushar resoplando y maldiciéndose. ¿Cómo pudo cagarla en ese momento? Y lo que es peor, sabía que su abuelo le contaría a Xaaz’al y no permitiría que se la dijera a él. Últimamente se había estado portando más frío, como si ya no los quisiera. Los ponía a atender a los pocos wargos que habían capturado a lo largo de los ciclos a horas diferentes. Mientras que a Xaaz’al lo ponía a trabajar de día, cuando los cazadores se llevaban a las bestias a explorar, a él lo dejaban de noche, cuando estaban especialmente irritables. Sacar el excremento de las jaulas era un trabajo imposible. Tenía que lanzarles comida del otro lado y pedirle a Yog-Sothoth que no se mataran entre ellos por un pedazo de carne. Apenas le daba tiempo de dar unos pasos, sacar una bola de mierda y lanzar otro pedazo de carne. Y no entendía por qué. Nunca le habían fallado ni levantado la voz. Pero sabía muy dentro de sí que el abuelo estaba viejo y cansado, y que la edad se estaba empezando a reflejar en su trato. Al carajo, él quería saber. Rodeó la tienda de Mag’Ushar y pronto estuvo agachado, escuchando.
— Sé que se quieren, Xaaz’al, pero prométeme que no ayudarás a Alzamag en su rito.
— ¿Por qué no? Pensé que querías que nos cuidáramos.
— Así es, pequeño, pero es hora de que tu hermano y tú se separen. No pueden estar juntos toda la vida. Esta tribu necesita a un líder muy fuerte, no a dos niños que no saben caminar sin estar el uno al lado del otro.
— Pero así lo hemos hecho siempre, abuelo, y mira, ya casi hacemos nuestro rito.
— Precisamente de eso quiero hablar contigo, Xaaz’al. El rito es de cada uno. No pueden hacerlo juntos. ¿Sabes por qué?
— No.
— Bueno, te lo voy a contar. La historia de sus padres es complicada, Xaaz’al-Ungul. Sus padres eran hermano y hermana. Se querían mucho, como Alzamag y tú, pero un día se quisieron de más. Ulth Mor’kas era el prometido de Agora desde que tenían tu edad, pero cuando se enteró de que tu mamá estaba embarazada de ustedes, no quiso saber nada más de ella. Tu padre se cambió el nombre, pero ya habían deshonrado a su familia. Los expulsaron de la tribu y vagaron unas semanas, hasta que me encontraron a mí. Yo abogué por ellos y los acogí. ¿Por qué? Tal vez porque nunca intentaron engañarme. Me contaron su historia el mismo día en que nos conocimos, y no pude decirles que se fueran, que eso era impuro, aunque la tradición me decía que eso era lo correcto. Ahora que los veo a Alzamag y a ti, sé que hice bien, hijo. Unos ciclos después nos encontramos los restos de una tribu y a algunos supervivientes vagando en las cercanías. Sí, Ulth Mor’kas iba con ellos. Su tribu había sido destrozada por wargos salvajes, y traía a su hijo Gokk, de 7 ciclos, con él. El reencuentro no fue agradable. ¿Ahora entiendes por qué los odia tanto Gokk? Bueno, pues como te decía, pasaron los ciclos y un día Ulth logró rastrear a los wargos que destrozaron a su tribu. Pidió voluntarios y casi todos los supervivientes se unieron. Tus padres fueron con él para vengar a sus familias. ¿Qué? Ah, sí, sí los deshonraron, pero ellos querían probar su honor vengándolos. Por eso se fueron. Agora me encargó que los cuidara por si algo les pasaba y mucho tiempo después desee que jamás hubiera dicho esas palabras. La cacería fue un fracaso. Los wargos destrozaron a todos los del grupo, y sólo algunos pudieron regresar. Por eso Ulth no tiene ni piernas ni un ojo y por eso perdieron ustedes a sus padres. Si hubo alguna gloria aquel día, no la conozco, pero desde entonces se estableció que cada uno tendría que hacer sus cosas solo. Sobrevivir solo. — Siguieron hablando unos minutos, aunque ya no los oía. Alzamag se alejó de su escondite sin hacer ruido. Entonces supo por qué su abuelo había intentado separarlos. Tenía miedo de que se repitiera la historia de sus padres. Al parecer, Xaaz’al también lo había entendido. Durante los próximos días se vieron menos, como si ambos hubieran acordado alejarse un poco hasta después del rito.

Faltaban unos minutos. El sudor de los brazaletes de cuero y de las correas de su escudo le incomodaba. A su izquierda estaban un par de orcos mayores que él, y un poco más allá, su hermano. Justo a su derecha estaba Gokk. El rito consistía en 3 partes: la primera, una demostración de fuerza física y habilidades de combate básicas. La segunda, un examen de conocimientos médicos, en el que estarían presentes los mejores curanderos de la tribu y el último siempre era sorpresa. En ciclos anteriores recordaba haber visto a un grupo de orcos cruzando un río y armando entre todos un puente. Después se supo que la orca Meshak An’mokar había tenido la idea del puente y se integró a los grupos de exploradores desde ese día. En aquella ocasión todos pasaron su rito, pero había veces en que se les pedía curar a los enfermos, y quienes antes encontraran el tratamiento que debía seguir eran quienes lo lograban. En esas ocasiones muchos fracasaban, pues tenían que tomar dos exámenes médicos seguidos. Los que se rezagaban o no lo encontraban tendrían que esperar un ciclo completo para volverlo a intentar. Alzamag sabía que en la prueba física no tenía oportunidad. Tal vez Xaaz’al sí lo lograría, pero él no. Una joven orca junto a él le sonrió, y supo que quería decirle “ánimo.” De pronto se dio cuenta de su edad. 12 ciclos. Todos los demás orcos del rito tenían al menos 18. No quería ver a su hermano. Los dos estaban aterrados y solos como nunca lo habían estado.

El rito dio inicio con el sonido del cuerno. Los 60 jóvenes fueron lanzados a una arena circular, rodeados por toda la tribu. Alzamag casi fue derribado por la chica que le había sonreído hacía unos minutos. Sabía que si lo derribaban estaría fuera, pero no tenía la fuerza física para oponerse a nadie. Debería hacer trampa. No sería el camino más honorable, pero tal vez así lograría desarmar al menos a uno. Xaaz’al, casi al otro lado de la arena, había llegado a la misma conclusión. Intentaba atacar las partes bajas de sus oponentes, aunque Alzamag vio que sangraba de la boca. Debieron haberle pegado con el escudo. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Un orco de tal vez unos 20 ciclos se había lanzado a toda carrera contra él. Alzamag saltó hacia un lado y el orco tropezó. No tuvo más que darle un empujón para que cayera. Desde su espalda escuchó el griterío de la multitud. El crío había derribado a alguien. Gokk tenía una fuerza impresionante. Orco que se lanzaba contra él, orco que terminaba en el suelo. Era un oponente extraordinario. Los demás se dieron cuenta de ello poco después. Grupos de dos o hasta tres iban tras él, pero Gokk lograba disolverlos eliminando primero al cabecilla. Los supervivientes se retiraban y preferían enfrentar a otros. No habían pasado ni ocho minutos y ya estaban fuera 48 de los futuros guerreros orcos. Alzamag había logrado eliminar a otro de una patada en la entrepierna y Xaaz’al parecía haber encontrado una buena arma en su escudo. La orca de al principio, Dehka, aún luchaba. Los shamanes pidieron unos segundos para que se retiraran los caídos.

— Tú haces que te persiga y yo lo mato. — le decía Xaaz’al, mientras ambos espiaban al jabalí. No era la primera vez que lo hacían, pero sí la primera que se topaban con un animal tan grande.
— ¿Por qué no mejor al revés?
— Porque yo soy más fuerte, tonto, y además tú corres más rápido que yo.
— Pero yo disparo mejor.
— Sí.
— Entonces mejor lo matamos de lejos.
— No. Ve y corre. Te toca. Yo corrí la vez pasada.

— ¡Te toca el jabalí, Xaaz! — Su hermano, de lejos, asintió. Empezó a gritarle a Gokk y éste se confió. Salió corriendo tras Xaaz’al-Ungul, sin darse cuenta que Alzamag había logrado flanquearlo. Dehka también se percató de ello y corrió junto a él. Gokk no esperó a que el niño reaccionara. Le conectó un golpe directo con el borde de su escudo en la mejilla y luego lo derribó de una embestida. Xaaz’al, cegado por el dolor del golpe, apenas pudo ver cómo Alzamag y Dehka lo tacleaban por la espalda, aunque no lograron derribarlo. El orco se volteó y sin mucho problema derribó también a Dehka, que apenas se recuperaba de la embestida. Por fin tenía a Alzamag delante de él, solo y aturdido. Le propinó dos, tres, cuatro escudazos en la cara. Cuando comenzó a tambalearse, cruzó una pierna detrás de él y lo remató de un empujón. La prueba terminó unos segundos después, con la rendición de los tres guerreros que seguían de pie. Cubierto de sudor y arena, Gokk fue el mejor de todos en la primera prueba. La siguiente fase llegaría al día siguiente, después de que se hubiera tratado a los heridos. Xaaz’al-Ungul y Dehka la tuvieron fácil. Terminaron con golpes y moretones, aunque a Xaaz’al tuvieron que darle algunos puntos en la mejilla, donde había golpeado el escudo. Alzamag necesitó puntos en la frente y en toda la zona izquierda de la cara, donde el escudo de Gokk había golpeado con especial saña. Terminó con un derrame en el ojo; los shamanes le dijeron que no lo perdió de puro milagro. No pudo dormir aquella noche. La hinchazón del párpado y el dolor en la cara lo mantuvieron despierto hasta bien entrada la noche. Cerca de él dormía Dehka. Ella lo abrazó como si fuera su hermano pequeño y Alzamag lloró. No quería que llegara el día. No quería volver a enfrentarse a Gokk.

Los jóvenes fueron llamados a la arena unas horas antes del mediodía. Los orcos habían colocado una gran tela sobre ellos para protegerse del sol. También habían traído varias mesas, sanguijuelas y plantas, además de que había varios heridos y estaban los shamanes de la tribu presentes. Alzamag sabía que tendrían que curar a alguien delante de todos, y aunque sabía que podía hacerlo, no tenía ganas. El rito de paso era un gran espectáculo para los jóvenes, pero no tenía sentido. Pudieron haberlos matado y nadie habría hecho nada. En ciclos pasados habían muerto algunos orcos, pero todo estaba permitido. Si alguno de los heridos moría, no habría consecuencia para ellos. Yog-Sothoth había decidido llevárselo. Podrían volverlo a intentar el próximo ciclo. No tenía sentido que los hubieran puesto ahí tan chicos. No tenían la edad, ni la práctica, ni la fuerza.

Cuando la sombra del palo de agua se recortó hasta la base de la arena, comenzaron las pruebas. Pasaron de diez en diez. Cada uno de los jóvenes tenía libertad de hacer lo que le pareciera mejor. Unos se limitaban a revisar a los heridos y establecer el tratamiento que creían que podría curarlos. Otros hacían ungüentos con hierbas molidas, lavaban y masajeaban la zona lastimada, untaban el cataplasma y vendaban al herido. Sin embargo, en varios ciclos no se habían intentado amputaciones. Ninguno de ellos quería ser responsable de dejar a alguien mutilado de por vida sin tener aún el título de shamán. Un shamán tenía la protección de su nombre, pero ellos eran apenas poco más que niños. No, ninguno se habría atrevido a amputar a nadie el día del rito. La última vez que lo intentaron siguieron varios meses de no encontrar comida y de lluvia escasa. Desde entonces se habían retirado todos los instrumentos de corte del rito. Quienes sufrieran de gangrena o necrosis eran atendidos por los shamanes, no por los jóvenes.
— Es tu turno, Gokk. A ti te toca curarle las heridas al joven Alzamag.
— Pero abuelo…
— ¿Vas a renunciar a tu prueba, Gokk Mor’kas, y deshonrar a tu padre y a tu familia?
— No.
— Pues adelante. Tienes hasta que la sombra del palo de agua desaparezca.

Alzamag pudo ver la ira en los ojos de Gokk. Supuso que su abuelo también, aunque no tenía idea de por qué lo estaba dejando en manos de quien más lo odiaba en todo Utgard. Gokk tomó un par de sanguijuelas y se las puso en las zonas más hinchadas. Mientras éstas extraían la sangre acumulada, él consiguió un mortero, buscó genciana, flor de trébol rojo y ajo y los molió. Todo lo hacía con una firmeza y una decisión que sólo había visto antes en su abuelo. A pesar de que lo odiara, Gokk sabía lo que hacía, y eso lo molestaba aún más. Él no sabía aún hacer cataplasmas tan avanzados. Sabía que la genciana era para cicatrizar, pero desconocía el uso de las otras dos plantas. Lo empujó a la mesa, haciendo que se golpeara, pero pronto sintió las manos del orco trabajando sobre su herida. Le estaba quitando los puntos del día anterior y las sanguijuelas, aprovechó la saliva de éstas en su sangre para retirarle la pus que se le había formado durante la noche y lavarle las heridas. Aplicó el fomento con mucho más cuidado del que habría esperado en él. También eligió las mejores telas que tenían en la arena y le hizo un buen vendaje. Terminó rápido. Diez minutos después de haber empezado, Alzamag caminaba hacia Dehka y su hermano. Él estaría en la quinta ronda de participantes. Su hermano se rindió cuando lo llevaron a su prueba. Dehka hizo una curación simple, aunque Alzamag sabía muy dentro de sí que Gokk los había superado también en eso. Cuando fue su turno, decidió imitar la receta de su rival. Molió un par de dientes de ajo, un pedazo de genciana y unas flores de trébol. Puso sanguijuelas en la zona inflamada, lavó y untó su mezcla. Luego limpió y vendó. No fue tan rápido ni tan preciso como Gokk, pero tampoco se sintió inseguro. Los shamanes mandaron a todos a descansar poco después del mediodía. Ninguno de ellos se iba tranquilo: si había infecciones o complicaciones se verían unas horas después de sus procedimientos. La prueba médica solía durar dos, incluso tres días. 

— Acompáñame, Alzamag. — El joven pudo ver en el rostro de su abuelo que algo había pasado. Llegó por él casi a media noche. Varios de sus compañeros de prueba habían sido llamados para revisar a sus pacientes, pero casi todos habían regresado poco después, contando que los shamanes los habían felicitado y les habían hecho correcciones menores. Pero a ninguno lo había llamado el jefe de la tribu, y menos tan noche. Por suerte, el dolor de la cara y los moretones habían desaparecido por completo. Tal vez por la mañana se le podría retirar el vendaje.
— Corre la tela, hijo. Tu paciente lleva horas con una fiebre altísima. ¿Me puedes decir qué fue lo que pasó?
— Seguí la receta de Gokk.
— Él tiene ciclos practicando sus dosis y sus procedimientos. La muerte de uno de los nuestros no puede tomarse a la ligera.
— Pensé que podía hacerlo.
— Fuiste imprudente, y no sólo eso, también orgulloso e idiota, Alzamag. Si no te sentías listo pudiste haber hecho lo mismo que Xaaz’al y pedir que se te evaluara luego. Pero no. Tenías que ser el mejor. Tu hermano conservará su honor y su oportunidad de probarse a sí mismo, pero tú no podrás quitarte esa mancha nunca. El primer paciente al que atiendes terminó enfermo de gravedad. Los delirios de la fiebre son espantosos. Los shamanes han dicho que no te darán su bendición a menos que expliques qué pasó por tu cabeza. Es explicarte y humillarte o pedirle a Yog-Sothoth con toda tu alma que se recupere. De cualquier manera, tienes hasta el día final de las pruebas para decidirte. Lo siento mucho, hijo.

            Alzamag salió de la tienda de Mag’Ushar. En realidad, el viejo sabía que él tenía la culpa de los errores de su joven pupilo. Los forzó más allá de sus capacidades. Eran unos niños. Eran los mejores de su edad y tal vez mejores que muchos más grandes que ellos, pero no tenían práctica. Sí, fue su culpa, pero ya estaba viejo y cansado para admitirlo. A veces el mundo te daba la espalda. Era una lección que le salvaría la vida a los dos en algún momento.

La mañana siguiente fue algo tensa. Todos sabían ya del error de Alzamag, el protegido de su líder, y esperaban el fin de las pruebas para humillarlo. El niño curandero. Esta vez se reunieron justo después de ponerse el sol. La tercera prueba solía atraer a muchísima gente por su secrecía. Alzamag vio a muchos menos orcos esta vez, tal vez unos veinte. Quería decir que habían sido eliminados en ambas pruebas y que no tenían derecho a estar ahí con ellos. Vio a Xaaz’al-Ungul y a su amiga Dehka cerca de él y se sintió un tanto aliviado. No temía a la prueba, sino a lo que le esperaba después si no triunfaban. Gokk estaba también ahí, con una sonrisa que le deformaba la cara. Lo estaba viendo a él. Varios orcos mayores encendieron antorchas alrededor de toda la arena. Un shamán hablaba de la importancia del rito del paso y cómo estaban a punto de dejar atrás la protección de sus padres para volverse orcos dignos del nombre de su tribu y otras cosas. Fue entonces cuando vio a los wargos. Se habían esforzado por ocultarlos, pero rompieron las telas que cubrían una parte de su jaula.

— Es hora de revelarles la tercera prueba de su rito de paso. — Un shamán anciano, aunque más joven que Mag’Ushar, se levantó y extendió sus brazos. Detrás de él, cuatro orcos grandes, los más grandes que había visto Alzamag en su vida, cargaban la enorme jaula que había visto hacía unos minutos. — Esta wargo sobrevivió a la matanza de su jauría. Sus cachorros nos seguirán a nosotros. Pero ustedes, jóvenes, tienen la tarea de enfrentarla. Son veinte contra una. Hoy no habrá ni reglas ni consecuencias, pero tomen en cuenta que nos fijaremos en todo. Que Yog-Sothoth les de fuerza y valor para enfrentar a la criatura. Suelten a Lug’Ka.

            La loba wargo, al ver a sus captores acercándose a la puerta de la jaula presintió que intentarían hacerle daño. Ya habían matado a todos, y sólo las habían salvado a tres de las lobas mayores por sus crías. El instinto la llevó a acurrucarse al fondo de la jaula. Unos orcos la picaron desde atrás con unos palos largos, afilados, y cuando se dio cuenta de qué pasaba, ya estaba frente a una veintena de orcos menores, sin pieles de animales sobre ellos, casi todos muertos de miedo. Sabía que no tenía muchas opciones. Si regresaba la volverían a picar y no habría manera en que pudiera volver a ver a sus cachorros. De pronto, otro piquete. Con eso se decidió. Aulló alto y fuerte, para que aquellos que habían matado a toda su jauría supieran que la última de las lobas wargo no doblaría ni las patas ni la cabeza ante nadie. Serían presas fáciles. No tenían ninguna de esas cosas que usaron para matar a sus hermanos. Eran ellos solos con un pedazo de cuero en uno de los brazos.

            Cuando la gran loba wargo salió de su jaula, casi todos los jóvenes que quedaban se hicieron para atrás. Xaaz’al-Ungul fue de los pocos que quedaron en la vanguardia. Del otro lado estaba Gokk. La loba se lanzó contra el más grande de ellos primero. Gokk le dio un golpe con su escudo y logró aturdirla un poco. La wargo se afanó en perseguirlo. Los demás orcos los rodearon, como una arena dentro de la arena, pero los shamanes y los orcos adultos los empujaron, los picaron para que se unieran al combate. Casi ninguno se atrevía a ponerse al alcance de la wargo. Gokk se defendía bien; le apostaba a esperar el ataque de la loba y contraatacar. Esto le ahorraba mucha energía a él y le permitía medirla mejor. —Hasta ahora, sólo tenemos a uno digno de ser shamán. — Las burlas y las risas no se hicieron esperar. Con el sonido de las voces de los demás orcos, la loba se distrajo un poco y Gokk logró conectarle un segundo golpe. Varios orcos más, picados en el orgullo, se lanzaron contra Lug’Ka. Cuando la wargo se percató de que la estaban rodeando, se retiró un poco, dejándole a Gokk un margen para que se recuperara. Alzamag seguía en la línea de la retaguardia. Vio que Xaaz’al y Dehka ya estaban también al alcance de la loba. Entonces pasó. Otro de los orcos le dio un escudazo a Gokk, aprovechando que estaba distraído, y lo derribó. Estaba a punto de rematarlo cuando uno de los orcos de la orilla lanzó una estaca al centro de la arena. Los shamanes habían vuelto esta contienda una pelea a muerte. Dehka no dudó un segundo y logró llegar corriendo hasta el arma. Sin pensarlo, ensartó a uno de los que se había aproximado. La wargo estaba confundida, pero aprovechó la distracción para destripar a un orco de un zarpazo. Los gritos de los orcos y el frenesí de la sangre llenaron a cada uno de los presentes. Alzamag no había visto nunca un duelo a muerte. Gokk se había recompuesto ya y arrebató otra estaca a uno de los guardias de la wargo. Éste sonrió y se retiró de la arena, apoyando al joven que había logrado desarmarlo. No veía a Xaaz’al. Debía estar cerca de su amiga. Se habían apoyado desde el principio. Le había sonreído y juntos habían pasado las dos pruebas anteriores. ¿O no? ¿Los traicionaría a los dos ese día? ¿Dónde estaba su hermano? Las luces de las antorchas lo estaban mareando. No se había movido desde que soltaron a la wargo. Ni siquiera reaccionó cuando le dieron el golpe en la sien. Alguien le pegó con el palo de una estaca para derribarlo. Varios de los caídos sangraban. Estaban rojos, con las miradas tranquilas, carentes ya de miedo.

            Gokk se había hecho ya con tres lanzas y había logrado cambiar su escudo un par de veces. Estaba dominado por el frenesí de sangre. Dehka había derribado a un par de orcos también. En total quedaban seis orcos de pie. La wargo corría alrededor de la arena, vigilando a los heridos. Había matado a cuatro y tenía a una orca herida frente a ella. Estaba muerta de miedo. Un par de zarpazos a la altura correcta y se desangraría. Un orco muy joven, demasiado para ser un guerrero, tomó una de las armas de madera del suelo y corrió hacia ella. Si no hubiera gritado, tal vez, tal vez, le habría hecho daño, pero la adrenalina lo traicionó. No tenía ni la fuerza ni el alcance de los orcos grandes. Le arrancó la cabeza de una mordida. Con ese, había matado a cinco.

            Esa escena se grabaría en la cabeza de Alzamag hasta el fin de sus días. Xaaz’al-Ungul corrió a defender a alguien a quien no conocían. Vio cómo le arrancaban la cabeza a su hermano y cómo su cuerpo, tan parecido al suyo seguía corriendo, se desplomaba en la arena, temblando, y se convulsionaba mientras la vida se le apagaba. La sangre salía negra del cuerpo de Xaaz’al-Ungul, iluminado a medias por las antorchas. ¿Las habían vuelto a encender, o sólo les habían puesto más aceite? Era su hermano, y ahora también un cadáver con su mismo peso y altura, pero ya sin rostro. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Qué carajo querían? No tenían la edad. Eran unos niños. No estaban listos para el rito de paso. Estaba muerto. Muerto. Les habían contado que unos wargos mataron a sus padres. ¿Para qué? ¿Qué lograban haciéndoles lo mismo a ellos?

            Gokk aprovechó la muerte de Xaaz’al-Ungul para arrojarle una de las estacas a la loba. Penetró su costado izquierdo con facilidad. Dehka le lanzó otra de las estacas, que atravesó su ojo derecho. Los dos orcos que quedaban en pie corrieron hacia la wargo, que retrocedía, malherida, pero fueron derribados por unas hondas. Los guardias de Lug’Ka se interpusieron para salvar a la loba. Los shamanes bajaron corriendo a atender a los orcos heridos. Alzamag no respondía. Se había quedado perdido dentro de su cabeza. Xaaz’al-Ungul estaba muerto. Lo mataron frente a él y nadie había movido un dedo. Se celebró un funeral para todos los caídos en combate. Esa noche no habría fiestas ni anuncios: también el paciente de Alzamag había muerto. No supo cómo llegó a su casa que ya no era su casa sin su hermano. Lloró durante horas y fue hasta que Mag’Ushar lo despertó por la mañana que la realidad de la muerte de Xaaz’al-Ungul tomó cuerpo y forma. Se había ido. Aunque su cuerpo y su alma se hubieran quemado y los shamanes dijeran que las cenizas lo habrían de llevar a través del viento y lo integrarían con el pasto, las flores y la lluvia de Utgard, la verdad, o al menos la verdad que veía él, era que se había ido. Que estaba solo y roto. Desde ese día, Alzamag no volvería a confiar en nadie. Dehka terminó como prometida del maldito, del cobarde de Gokk. Ellos serían los primeros. Les arrancaría los ojos y la lengua. El imbécil de su abuelo se les uniría después. A él lo cortaría en pedazos y se los daría de comer a los wargos. Ojo por jodido ojo. Le dijeron que era inservible como orco y que la humillación de sus derrotas lo perseguiría mientras viviera entre los Soth-Makar. Pues bien, al carajo la tribu.

            Abandonó la horda a la noche siguiente. Se llevó un escudo y una buena cantidad de ropa. La noche siguiente al rito se metió a la casa de los muertos y robó toda la comida, pulseras y alhajas que pudo. Tomó tierra y ropa de las casas de Mag’Ushar, de Gokk y de Dehka. Hacía unos días les habían informado de otra tribu que se encontraba a unos dos días de camino al oeste. Se iría con ellos. Aunque tuviera que caminar seis, ocho o diez semanas, era mejor que vivir entre hipócritas y traidores. Se haría un nombre. La historia se acordaría de él. Nadie, nunca, en ningún lugar lo volvería a humillar. Puso su mano en un tocón poco antes de alejarse del campamento y sacó un cuchillo. Tal vez no era shamán, pero sabía cómo hacer un jodido maleficio. Puso tres pequeños cuencos que se había robado y puso la tierra que traía consigo en cada uno. Le arrancó los ojos y las vísceras a una rana que pasaba cerca del río y arrojó su cadáver a la corriente, los molió y mezcló la sangre del animal con la suya. Vació la mezcla en partes iguales sobre la tierra de los traidores mientras cantaba a Yog-Sothoth. Tú eres la puerta, la estrella, dijo. Mientras esperaba, hizo unas pequeñas bolsas con la tela que traía consigo y colocó cada uno de los cuencos dentro de ellas. Luego lloró y maldijo, recordó a su hermano Xaaz’al-Ungul y volvió a jurar en su nombre que lo vengaría. Dejó los cuencos debajo de una piedra y siguió su camino.

            Pasaron varios ciclos y las noticias de un extraordinario shamán que se dirigía al oeste con su tribu se regaron por todo Utgard. En la tribu de los Soth-Makar, sin embargo, las cosas fueron de mal en peor. Mag’Ushar fue el primero en caer. Le sobrevino una fiebre potentísima que muchos atribuyeron a su edad. Murió catorce días después de la huida de Alzamag y terminó gritando algo sobre un rey que bajaba. Los shamanes recibieron el mensaje con terror. Aseguraban que se trataba de una profecía y que el viejo jefe de la tribu había enloquecido antes de morir. A Gokk lo alcanzó poco después de su matrimonio con Dehka. Pasaron varios ciclos sin poder procrear, y una mañana amaneció enfermo, azotado por la misma fiebre que se llevara a Mag’Ushar. La maldición de Alzamag se ensañó menos con Dehka. Tal vez fuera por la sonrisa que le dedicó, o tal vez porque fue la única que quiso a los gemelos durante la prueba. A ella también le tocó una fiebre dura, pero no mortal. Dehka sobrevivió al odio de Alzamag y se volvió la primera líder de los Soth-Makar. Esta orca llevaría a su pueblo a la prosperidad, y sus descendientes fundarían unos ciclos después la ciudad de Dor’Anmak.

Alzamag se había vuelto colérico y sometió a varias tribus. Nadie dudaba del poder que poseía y nadie se atrevía a enfrentarlo. Se dirigía al oeste, siempre al oeste, en una carrera frenética hacia el mar, llamado por una tempestad y una cólera que no tenían límite.

miércoles, 12 de abril de 2017

Tales of the First Era - Cuentos de la Primera Era

The english and spanish versions of the Tales of the First Era are now available! Here are the illustrations that I couldn't fit into the document due to compatibility issues with the Kindle format. You can also read here a sample tale, Rite of Passage

Ya están disponibles las versiones en inglés y en español de los Cuentos de la Primera Era! Aquí están las ilustraciones que no pude anexar al documento por problemas con el formato Kindle. Dejo aquí también un cuento muestra, Rito de Paso.

Rite of Passage -Rito de Paso 



Cronomancy - Cronomancia


Wrath of Earth - Cólera de la Tierra


Daughter of the Void - Hija del Vacío


The Magic of the Arcane - La Magia de los Arcanos


Memories of the Dragons - Memorias de los Dragones


Cover - Tales of the First Era / Portada - Cuentos de la Primera Era


jueves, 22 de diciembre de 2016

Rite of Passage - Tale of the First Era

Rite of Passage

Cycle 32, Northern plains of Utgard

It would still take 3 hours for the shadow of the water pole to reach the noon. Then, the shamans would officially announce the arrival of the Wind Season. The young Alzamag, an orc who had distinguished over his contemporaries, and his twin brother, Xaaz’al-Ungul, were the favorites of the Soth-Makar clan. The shaman Mag’Ushar guided his people through gigantic grasslands and cared about the youngest orcs until they were able to wield bows and hunting axes. Most of them loved him as a father, especially Alzamag and his brother. He had teached about divination through bones and entrails since they were kids, as his father, Alzaz-Ungul, would have done. Her mother was Agora Mul’Kar and their names were engraved in the log of memories, which was slowly being covered by the names of the departed. They would protect and guide them from the realm of the dead. Mag’Ushar educated them as if they were his sons and told them that he would tell them the story of their fathers the day of their rite of passage. The mourning of the kids was brief, and they soon accepted Ushar as a grandfather. Xaaz’al-Ungul was always bolder, with a greater sense of doing things. Alzamag was a bit more cautious, wiser, perhaps, and usually had a calming effect over his brother. The elder had noticed that, and he would have to separate them if they wanted to survive the plains of Utgard. They had to learn alone. That’s why he had chosen to make them take the rite almost 6 cycles before the usual. Each one of them promised great things, but they were not able of being alone. When they were far, far away, lost in the infinite grasslands of Utgard, without the shelter of the tribe to protect them, they would truly be alone.

            When he adopted them, he knew that those kids would change the history of his people. He felt how the cunning of Alzamag and the might of his brother combined to figure out the tests before them. Being only 12 cycles old, both were expert archers and knew how to weave the sinews of the animals to create ropes. They had learned how to track their prey through the pastures to the clear streams where they fed. They were respected for both their skill and prudence. No one doubted that they would be taken as the natural sons of Mag’Ushar someday, a thing that would allow them to become shamans in the future.

            But the Soth-Makar tribe was large, and there were orcs that not only had exceeded the deeds of the sons of Agora Mul’Kar, but also had the age appointed by the shamans of old in the times before the great horde left the frozen peaks of Eisgrind. Alzamag and his brother were but kids. They didn’t had the nerve to become hunters, least of all shamans. They would not convince them. Not Gokk Mor’kas. Not him, who had learned how to treat decayed teeth, how to apply leeches and how to read the future in the dust of the streets a whole cycle before Mag’Ushar himself had done so. Alzamag and Xaaz’al were a pair of spoiled imbeciles. They had lost their parents, and the tribe had pitied them. What they had achieved was not their work. He wouldn’t allow them to ruin everything when his triumph was so, so close.

            Two more hours. Xaaz’al-Ungul had asked him that same morning if he remembered their mother; if he remembered how she stayed with them until they finally fell asleep. If he remembered how her and dad spoke about the ice of Eisgrind. “They always spoke about the giants, Alzamag. We will meet them someday.” He was so nervous that night that he wasn’t able to sleep. He always had the same dream on the occasions in which tiredness beat him: Dark clouds, an endless beach struck by lightning wherever he fixed his gaze on and a single, bodiless eye, dislodged from the sanity of any living creature. He spoke about his dream with his grandpa, because his grandpa was good at decoding the messages of Yog-Sothoth. He did not answer. For the second time on his life, what he got was silence.

— That is unfair, young Gokk. We all know that you are the best éshar of the tribe.
— And Alzamag is better than me planning stuff. That is unfair for me too. Besides, you know that he and his brother Xaaz’al will never separate from each other. We are all in disadvantage before them. I almost feel as crippled as my father.
— Son of Ulth Mor’kas, you owe him a greater deal of respect to him than that. Don’t worry about the kids. You know that the rite states that it is each orc for himself.
— And it also says that no one under 18 cycles would ever take part on it. You help them because the only thing Agora and her husband were good at was at dying.
— You have a long tongue, young Gokk. If you still hold any respect towards me, go prepare for your rite and leave me alone.
— Yes, elder.

— Come closer, little ones. Approach. It is time to tell you the story of your fathers.
— Don’t cry, Alzamag.
— Shut up, worgen shit.
— Alzamag, get out. I will not tolerate that language here. Did you wait so long for this? Your father would be disappointed.
— Why did he die then? — Alzamag left Mag’Ushar’s shack cursing himself. How could he ruin that moment? Even worse, the grandpa would tell Xaaz’al and he would make him swear not to tell him. He had been acting odd lately, as if he did not love them anymore. He sent them to tend the few worgens they had captured over the cycles at different times. While Xaaz’al worked at day, when the hunters took them to explore, he was tending them at night, when they were especially short-tempered. Removing the feces from the cells was an almost impossible task. He had to throw some food on the other side of the cell and plead Yog-Sothoth that they did not kill themselves over a piece of flesh. He had barely enough time to take a few steps, remove a portion of the manure, and then he had to throw in more meat. He did not understood why. They had never failed him or yelled at him. But he knew deep inside that the grandpa was old and tired, and that the age was starting to take a toll on his character. Well, he wanted to know. He went to the back of Mag’Ushar’s tent and soon he was listening.
— I know that you love each other, Xaaz’al, but promise me that you will not help Alzamag on his rite.
— Why not? I thought that you wanted us to take care of each other.
— I do indeed, my child, but it is time for you and your brother to go each one his own way. You can’t go together through life. This tribe needs a strong leader, not two children that won’t give a step without the other.
— But we have always done so, dad, and look, we are about to go through the rite.
— That is exactly what I wanted to talk about. Each one does his rite alone, Xaaz’al. You can’t do it together. Do you know why?
— No.
— Well, let me tell you. The story of your fathers is quite complicated, Xaaz’al-Ungul. They were brother and sister. They loved each other so much, as Alzamag and you do, but once they loved too much. Ulth Mor’kas was betrothed to Agora since they were your age, but when he heard that she was pregnant of you, he decided he wanted to know nothing more about it. Your father changed his name, but they had already dishonored their family. They were exiled and wandered aimlessly for weeks, until they found me. I sheltered them. Why? Maybe because they never tried to deceive me. They told me their history since we met, and I was not able to kick them out, to tell them that what they had done was impure, even though tradition told me otherwise. Now that I see you and Alzamag I know I was not mistaken. Some cycles later, we found the remains of a tribe and some survivors wandering nearby. Yes, Ulth Mor’kas was amongst them. Their tribe had been ravaged by feral worgens. He brought his son Gokk, which was 7 cycles old, with him. The meeting was not pleasant. Do you understand now why Gokk hates you so much? Well, as I was saying, the cycles passed and one day, Ulth tracked down the worgens that had destroyed his tribe. He asked for volunteers and most of the survivors joined. Your mom and your dad joined to avenge their families. What? Oh, yes, they had dishonored them, but they wanted to prove their worth avenging them. That’s why they left. Agora told me to look after you if something happened to them, and for a long time I have wished that she hadn’t said those words. The hunt was a complete failure. The worgens annihilated the group and just a few survived. That’s why Ulth doesn’t have legs and an eye, and that’s why you lost your parents. If there was any glory that day, I don’t know about it. Since then we decided that each one would have to do his or her own things. Each one would have to survive alone. — They kept talking for a few minutes, but he was not listening anymore. Alzamag left his hideout without a noise. He understood that day why his grandpa had tried to separate them. He feared that the story of his parents could repeat itself. It seemed that Xaaz’al had also understood. They saw less each day, as if they had agreed that this distance was to be kept until the rite had passed.

Just a few minutes. The sweat in his bracers and the straps of his shield was unpleasant. At his left were a pair of orcs older than him, and a bit further away was his brother. He had Gokk at his right. The rite consisted in 3 parts: the first one was a demonstration of physical strength and basic combat skills. The second one was a medical knowledge test, which was supervised by the tribe’s best healers and the third one was always a secret. On the past cycles he had seen a group of orcs crossing a river and making a bridge together. He knew that the huntress Meshak An’mokar had suggested the idea of the bridge and she joined the explorers since that day. That time everyone succeeded on their rite, but there were some times in which they were asked to heal the sick and only those who were quick enough to find the treatment made it. Many failed on those occasions, since they had to approve two medical tests one after the other. Those that delayed too much or didn’t find it would have to wait for an entire cycle to try again. Alzamag knew that he had no chance on the physical test. Xaaz’al might do it, but he wouldn’t. A young woman smiled at him with a smile that might have said “Go on! Have faith!” He suddenly realized his age. He was 12 cycles. Everyone else was at least 18. He didn’t want to look at his brother. Both were terrified, alone, as they had never been before.

The rite of passage began with the sound of a horn. 60 young orcs were thrown into a circular arena, surrounded by the entire tribe. Alzamag was almost knocked down by the girl that had smiled at him a while ago. He knew that he would be out if he fell, but he didn’t have the strength to face anyone. He would have to cheat. It would not be the most honorable path, but he was sure he could at least disarm someone. Xaaz’al, at the other side of the arena, had reached the same conclusion. He aimed at the lower parts of his opponents. He was bleeding from the mouth. Someone had hit him with a shield. Alzamag barely had time to react. An orc around the 20 cycles of age ran towards him. He jumped to one of the sides and the orc tripped. He only had to push him. He heard the roar of the crowd at his back. The pup had knocked down someone. Gokk had an impressive strength. Any orc who stood against him was quickly subdued. He was an impressive foe. The rest of the orcs noticed that a few moments later. Two, even three orcs attacked him at the same time, but Gokk dissolved them attacking the leader first. The survivors retreated and engaged in combat with anyone but him. In less than eight minutes, 48 of the future warriors had already been eliminated. Alzamag brought down one with a kick between the legs and Xaaz’al had found a nice weapon in his shield. Dehka, the orc which had smiled at him, fought on. The shamans paused the combat for a few seconds so the fallen could leave the arena.

— You taunt it and I kill it. — said Xaaz’al, while both spied over the boar. Though it wasn’t the first time they did it, it was the first time they had met one so large.
— Why not the other way around?
— Because I am stronger, you moron, and besides, you run faster than me.
— But I shoot better.
— Yes.
— Then let’s kill it from afar.
— No, go and run. It’s your turn. I ran the last time.

— Boar’s upon you, Xaaz’al! — His brother, from a distance, nodded. He started taunting Gokk and he grew overconfident. He ran after Xaaz’al-Ungul without noticing that Alzamag had flanked him. Dehka also noticed this and ran along the child. Gokk did not wait for the child to react. He smote him with the border of his shield and knocked him down with a push. Blinded by pain, Xaaz’al was not able to see how Alzamag and Dehka tackled Gokk from the back. However, he did not fall. The orc turned around and floored her with a single hit. He finally had Alzamag before him, alone and dazed. He hit his face twice, thrice, even a fourth time with his shield. While he was staggered, Gokk crossed a leg behind him and finished him off with a single move. The test ended some seconds later, with the surrender of the three remaining warriors. Covered by sweat and sand, Gokk was the best of them all during the first test. The next phase would come the next day, after treating the wounded. Xaaz’al-Ungul and Dehka had it easy. They were bumped and had a lot of bruises. Xaaz’al had to be sutured where the shield had hit him. Alzamag got stitches in his forehead and the left side of his face, where Gokk’s shield had struck with special wrath. He had an hemorrhage on his eye; the shamans said he didn’t lose it by pure luck. He couldn’t sleep that night. The swelling of his eyelid and the pain he felt on his face kept him awake for most of the night. Dehka slept near him. She hugged him as if he were his little brother and Alzamag cried. He didn’t want to be there the next morning. He didn’t want to face Gokk again.

The young orcs were summoned to the arena some hours before the noon. The people had placed a big piece of fabric over them to shelter them from the sun. They had also brought several tables, leeches and plants. There were several wounded and the shamans of the tribe were also there. Alzamag knew that they would have to cure someone before everyone, and though he knew he could do it, he didn’t want to. The rite of passage was a show for the young ones, but it held no meaning. They could have killed them all and nobody would have done nothing. On past cycles, some orcs had died, but it was an “everything goes” event. If the wounded died, there would be no consequences. Yog-Sothoth had chosen them. They could try the next cycle. It had no sense they were there that time. They had not the age, nor the practice nor the strength.

The test began when the shadow of the water pole reached the base of the arena. They took turns in groups of 10. Each one of the orcs had the freedom to do whatever they thought was the best. Some just checked the wounded and instructed them how to take care of their wounds. Some others mashed some herbs, cleaned and massaged the wounded area, applied the salve and bandaged the area. However, none had tried an amputation for cycles. None of them wanted to cripple someone for the rest of their lives without holding the title of shaman. Those had the protection of their names, but they were mere kids. No, none of them would have dared to amputate the day of the rite. The last someone tried that, several months without food and scarce rain followed. Since then, every cutting instrument had been removed from the rite. Those who had gangrene or necrosis were treated by the shamans, not by the young ones.
— It’s your turn, Gokk. Mend Alzamag.
— Elder, please.
— Will you relinquish your test, Gokk Mor’kas, and dishonor your father and your family?
— No.
— Then go. You have until the shadow of the water pole disappears.

Alzamag saw the wrath inside the eyes of Gokk. He guessed that his grandpa saw that too, but he wasn’t able to guess why he had left him at the will of the one who hated him the most in the entire Utgard region. Gokk grabbed a pair of leeches and placed them on the most swollen zones. While they sucked out the blood, he got a mortar, gentian, red clover flowers, and garlic and crushed them. He was doing his job with a resolve and determination he had only seen in his grandpa. Even though he hated him, Gokk knew what he was doing, and that annoyed him even more. He did not know how to prepare such salves. He knew that gentian was used to help the healing process, but he ignored what the other two ingredients were for. Gokk pushed him against the table, knocking him, but soon he felt the hands of his enemy working in his wounds. He was unstitching him and removing the leeches. He was using their saliva to remove the pus that had formed overnight. Then, he cleaned the area. He applied the salve with a greater care than he had expected. He also chose the best fabrics they had on the arena and patched him up good. He finished quickly. Ten minutes after Gokk had begun, Alzamag was already heading towards Dehka and his brother. He would be in the fifth round.  His brother surrendered on his test. Dehka made a simple remedy. Alzamag knew that Gokk had also beaten them on that test. When his turn came, he decided to emulate the recipe of his rival. He crushed two small pieces of garlic, a piece of gentian and some clover flowers. He put leeches on the affected zones, cleaned and applied the salve. Then he cleaned again and bandaged him. He was not as fast or precise as Gokk, but he didn’t feel insecure either. The shamans sent everyone to rest that afternoon. None of them left the arena feeling comfortable: if there were any infections or complications, they would appear several hours after their intervention. The medical test usually lasted for two or three days.

— Follow me, Alzamag. — The young orc could tell that something happened just by the face of his grandpa. Some other orcs had been called to check on their patients, but most of them had returned a short time after, saying that the shamans congratulated them and had made minor corrections. But none of them was called by the leader of the tribe that late. At least, the pain in his face and the bruises had disappeared. Maybe he would be able to remove the bandages in the morning.
— Draw the curtain, son. Your patient has had a terrible fever for hours. Can you tell me what happened?
— I followed Gokk’s recipe.
— He has been practicing his doses and procedures for cycles. The death of one of our own can’t be taken lightly.
— I thought I could do it.
— You were not only reckless, but also prideful and idiotic, Alzamag. If you didn’t feel ready, you could have done the same thing as Xaaz’al and asked for a later date of examination. But no, you had to be the best. Your brother will keep his honor and the chance to prove himself, but you will never remove this stain from yourself. The first patient you ever tended to is gravely sick. The ravings of fever are horrible. The shamans have said they won’t grant your blessing unless you explain what happened through your head. It is either to explain and humiliate yourself or to ask Yog-Sothoth with all your might for his recovery. Anyway, you have until the end of the rite to choose. I am so very sorry, son.

Alzamag left Mag’Ushar’s tent. The elder knew that he was responsible for the mistakes of his young pupil. He forced him beyond his capacity. They were children. They were the best of their generation and maybe better than many older than them, but they lacked expertise. Yes, it had been his fault, but he was too old and tired to admit it. Sometimes the world turned its back on you. That lesson could save their lives at some point.

The next morning was tense. Everyone knew about Alzamag’s error by then. He was the chosen one of their leader. They would humiliate him at the end of the rite. The doctor kid. They gathered this time after the sunset. The third test usually dragged a lot of people out of curiosity. Alzamag saw a lot less orcs this time, maybe around twenty, which meant that they had been eliminated in both tests and had no right to be there amongst them. He saw Xaaz’al-Ungul and their friend Dehka near him and he felt somewhat relieved. He didn’t fear the test, but what would come after if he didn’t succeed. Gokk was also there, with a smile that deformed his face. He was staring at him. Several older orcs lit torches all around the arena. A shaman spoke about the value of the rite of passage and how they were about to leave the protection of their fathers to turn into orcs worthy of the name of the tribe and some other stuff. It was then when he saw the worgens. They had tried to hide them, but they had already torn the fabrics over their cell.

— It is time to reveal the third test of your rite of passage. — An old shaman, younger than Mag’Ushar, rose and extended his arms. Behind him, four large orcs, the largest Alzamag had ever seen, carried the cell he had seen some minutes before. — This worgen survived the slaughter of her pack. Her pups are now ours. You have the task to face her. You are twenty against one. No rules or consequences today, but bear in mind that we are watching. May Yog-Sothoth grant you courage and strength this day. Release Lug’Ka.

The worgen, seeing those that had imprisoned her approaching, thought that they would try to harm them. They had killed every last of them and only the three eldest worgen mothers had been spared because of their pups. She curled instinctively at the rear of the cage. Some orcs stung her from behind with some long, pointy sticks. When she noticed what was going on, she was already in front of some twenty lesser orcs. They had no animal skins over them, and most were terrified to death. She knew she didn’t have many options. If she returned she would be stung again and she would never see her pups again. Suddenly, another sting. She finally took a resolution. She howled loud and clear, as if trying to convey in that howl the message that the last one of the worgen mothers would never bend her legs or her head before anyone. They would be easy prey. They held none of the things they had used to slaughter her pack. They were alone, with a single piece of leather covering their arms.



Almost everyone retreated before the huge worgen. Xaaz’al-Ungul was one of the few that stayed on the vanguard. Gokk was on the other side. The worgen attacked him first, but he was able to hit her with his shield and she got stunned. Then, the worgen really focused on him. The remaining warriors surrounded them like an arena inside the arena, but the shamans and the people around pushed them back into the combat. Almost none dared to step into the worgen’s reach. Gokk knew how to defend himself: he was only awaiting for her attacks to counterattack. This was saving him a lot of energy and allowed him to measure her movements better. — Do we really have only one worthy of being a shaman? — Laughter and mocking followed. The sound of the laughter of the other orcs distracter the worgen and Gokk managed to hit her for a second time. Several orcs, wounded in their pride, finally advanced against Lug’Ka. When the worgen noticed that she was being surrounded, she retreated a bit, allowing Gokk a bit of a margin to recover. Alzamag was still on the rearguard. He saw that Xaaz’al and Dehka were already near the wolf. Then it happened. One of the orcs hit a distracted Gokk with his shield, knocking him down. He was about to finish him off when one of the shamans threw a stake at the center of the arena. The shamans had turned the rite into a death match. Dehka didn’t doubt it for a second and reached the weapon before anyone else. She impaled one of the orcs that had approached her without a second thought. The worgen was confused, but she took all the advantage that she could. She eviscerated an orc with a single claw attack. The screams of the orcs and the bloodlust filled each one of the assistants. Alzamag had never witnessed a fight to death. Gokk had already recovered and snatched another stake to one of the worgen’s guards. He smiled and left the arena, cheering on the young orc who had managed to disarm him. Alzamag couldn’t see Xaaz’al. He was near their friend. She had supported them since the beginning. She had smiled him and they had succeeded together in the past two tests. Or not? Would she betray them both that day? Where was his brother? The light from the torches was dazing him. He hadn’t moved since the worgen was released. He didn’t react when a hit struck him in the temple. Someone had used a stake as a stick to bring him down. Several of the fallen were bleeding. They were red, with their gazes lost, fear and life absent from them forever.

Gokk had recovered three spears and had changed his shield at least twice. He was overwhelmed by bloodlust. Dehka had also knocked down a pair of warriors. There were six orcs standing. The worgen was circling around the arena, preying on the wounded. She had killed four and had a wounded orc huntress before her. The orc was terrified. A pair of blows at the correct height and she would bleed out. A young orc, too young to be a warrior, picked up one of the wooden weapons and ran towards her. Maybe, just maybe, if he hadn’t screamed, maybe he could have harmed her. But the adrenaline betrayed him. He hadn’t the strength nor the reach of bigger orcs. She tore apart his head with a single bite. With that one, she had killed five.

That vision would be carved inside Alzamag’s head to the end of his days. Xaaz’al-Ungul ran to protect someone they barely knew. He saw how the worgen pulled his head off and how his body, which was similar to his own, kept running until it collapsed into the sand, trembling, and how it twitched while its life faded away. The blood flowed out of Xaaz’al-Ungul, barely illuminated by the light of the torches. Had they lit them again or just added more oil? He was his brother, and now also a corpse with his same weight and height but with no face. What was he doing there? What did those bastards want? They were kids. They were not prepared for the rite of passage. He was dead. Dead. They had told them that some worgens had killed their parents. What for? What did they achieve making the story to repeat itself?

Gokk took the opportunity brought by Xaaz’al-Ungul’s death to throw one of the stakes. He pierced her left flank with ease. Dehka threw another one, which pierced her left eye. The two remaining orcs ran towards the worgen. It was badly wounded, retreating. They were brought down by two well-placed slings. The guards of Lug’Ka interrupted the match to save the worgen. The shamans ran down to mend the wounded. Alzamag wasn’t responding. He was lost inside his head. Xaaz’al-Ungul was dead. He was killed before him and no one had moved a finger. A funeral was held for those fallen in combat. That night, however, there would be no feasts. The patient that Alzamag had tended to had died. He didn’t know how he got into his house, though it was not his house anymore without his brother. He cried for hours. It was until Mag’Ushar woke him up in the morning that the reality of Xaaz’al-Ungul’s death took body and shape. He was gone. Even if his body and his soul were burned, and thought the shamans said that the ashes in the wind would reintegrate him to the grass, the flowers and the rain of Utgard, the truth, or at least the truth he saw was that he was gone. That he was broken and alone. From that day on, Alzamag would never trust anyone anymore. Dehka became the bride of the damned coward called Gokk. They would be the first ones. He would gouge their eyes out. The imbecile of Mag’Ushar would follow. He would cut his body and feed it to the worgens. Eye by fucking eye. They told him that he was a disgrace as an orc and that the humiliation of his defeats would chase him forever as long as he lived within the Soth-Makar. Well, fuck the tribe.

He abandoned the horde the following night. He took a shield and a good amount of clothes. The night following the rite he snuck into the house of those that had died and stole as much food, bracers and jewels as he could. He also stole some clothes and earth from the homes of Mag’Ushar, Gokk and Dehka. He knew that there was another tribe nearby, some days to the west. He would reach them. Even if he had to walk six, eight or ten weeks, it was better than living amongst hypocrites and traitors. He would make a name for himself. History would remember him. No one, never, ever, would humiliate him again. He placed his hand upon a stump before leaving the encampment and pulled out a knife. He might not have been a shaman, but he knew how to make a damned curse. He placed three small bowls he had stolen upon the stump and the earth from the homes he had brought with himself. He gouged out the eyes and the entrails of a frog that was passing nearby and threw its corpse on the stream. He crushed them and mixed the animal’s blood with his own. He emptied the mixture in equal parts over the ground of the traitors while he prayed to Yog-Sothoth. You are the gate, the star, he said. He made small bags with the fabrics he was carrying and placed each one of the bowls inside them. He cried and cursed. He remembered his brother Xaaz’al-Ungul and swore that he would avenge them. He placed the bowl under a stone and kept going.

Several cycles went by and the news of an extraordinaire shaman who was heading west with his tribe spread through Utgard. The things for the Soth-Makar tribe went from bad to worse. Mag’Ushar was the first one to fall. A strange fever overwhelmed him. He died fourteen days after Alzamag’s flight. He died screaming something about a king that came down. The shamans were terrified by the message. They believed it was a prophecy and that the old chieftain had gone mad before dying. Gokk died soon after he married Dehka. They tried to have children for cycles. One morning he woke up feeling very sick, tormented by the same fever that had killed Mag’Ushar. Alzamag’s curse, however, did not kill Dehka. It might have been because she smiled at them or maybe because she was the only one who had really felt any compassion for the twins. She was also stuck by a potent fever, but did not die. She survived Alzamag’s hate and became the first female leader of the Soth-Makar. She would bring her people to an age of prosperity and she would found the city of Dor’Anmak some cycles later.


            Alzamag became choleric and subdued several tribes. No one doubted the power he held and no one dared to face him. He headed west, always to the west, in a frenzied race towards the sea. He was being called by a storm and a wrath which knew no boundaries.